Cuando una cicatriz te permite recordar un jueves en las horas de la noche te das cuenta que mas allá de marcar tu cuerpo, marco tu mente. Acorralado en una cabina de líneas telefónicas pasaron por mi mente ideas absurdas y demasiado viscerales como “aquí me morí” ó “que será de mi al terminar esta porquería de suceso” que mas que realidad me encantaría pensar que es una mala pasada de mi mente mientras descanso, pero no, al parecer es tan real como el dolor que arde inconscientemente en mi costado y la angustia que me invade mientras la mirada de un skinhead deja en entredicho sus intenciones al tenerme sujetado del brazo sin una opción de salida.
Quien pensaría que al salir por un inocente cigarrillo encontraría a la muerte que quiso asustarme un poco para burlarse del miedo que me generó haberme cruzado con seis “calvos” que con unas cuantas copas en la cabeza cambiaron de acera para preguntar “¿qué es la miradera?”. Con temor pero sin titubear las palabras que exprese incrementaron la ira que de por sí ya era notoria en sus ojos vacios y un poco desubicados a causa del licor, en el momento en que las palabras escasean un silencio que se ve interrumpido por el estruendo de un cuerpo que se estrella contra el suelo da inicio a una seria de golpes que no permitían que pudiera ponerme de pie para huir de tal situación. Con esfuerzo y sin explicación alguna mis piernas encontraron el equilibrio entre golpes y confusión para enderezar mi cuerpo y permitirme hacer una visualización de las posibles rutas por las cuales podría escapar con un poco de suerte, pero mis expectativas de huida se vieron frustradas cuando el golpe seco y recio contra un administrador de líneas telefónicas me hizo sentir que la vida se escapaba en la mirada de un sujeto que parecía tener las firmes intenciones de “hacerme el daño”.
“¡abrámonos que la mama de porras vive por acá!”, fueron las palabras que me devolvieron la esperanza de poder regresar a mi casa esa noche y mientras los veía alejarse con una expresión de estupefacción en mi rostro, me dirigí a mi casa donde pensé que cerca estuvo un adiós prematuro.
Quien pensaría que al salir por un inocente cigarrillo encontraría a la muerte que quiso asustarme un poco para burlarse del miedo que me generó haberme cruzado con seis “calvos” que con unas cuantas copas en la cabeza cambiaron de acera para preguntar “¿qué es la miradera?”. Con temor pero sin titubear las palabras que exprese incrementaron la ira que de por sí ya era notoria en sus ojos vacios y un poco desubicados a causa del licor, en el momento en que las palabras escasean un silencio que se ve interrumpido por el estruendo de un cuerpo que se estrella contra el suelo da inicio a una seria de golpes que no permitían que pudiera ponerme de pie para huir de tal situación. Con esfuerzo y sin explicación alguna mis piernas encontraron el equilibrio entre golpes y confusión para enderezar mi cuerpo y permitirme hacer una visualización de las posibles rutas por las cuales podría escapar con un poco de suerte, pero mis expectativas de huida se vieron frustradas cuando el golpe seco y recio contra un administrador de líneas telefónicas me hizo sentir que la vida se escapaba en la mirada de un sujeto que parecía tener las firmes intenciones de “hacerme el daño”.
“¡abrámonos que la mama de porras vive por acá!”, fueron las palabras que me devolvieron la esperanza de poder regresar a mi casa esa noche y mientras los veía alejarse con una expresión de estupefacción en mi rostro, me dirigí a mi casa donde pensé que cerca estuvo un adiós prematuro.

No hay comentarios:
Publicar un comentario