Sin querer y sin pensarlo me encuentro nuevamente desahogando las porquerías de mi alma entre líneas y palabras que con desdeña plasmo porque no sé como coordinar este revoltijo de emociones y pensamientos que me rondan por momentos, pero que ahora se hacen cada vez más constantes.
La razón esta vez es físico miedo, no más que eso, miedo a que lo que he sentido y siento en estos momentos la aleje y la canse, a que sus ojos no me miren con amor y que sus caricias no vuelvan a tocar mi alma de la misma manera. Miedo a que este atrevido sentimiento entre pecho y espalda la haga no desear pasar sus años a mi lado.
Me jure amarla toda una vida, y toda una vida entregaría por verla sonreír todos los días. Porque los años que llevo de conocerla me bastan para saber que mi historia con ella es más feliz por tenerla en mi vida, y que no me place cometer los mismos errores para conservar en mis recuerdos la imagen de su rostro iluminado y rebosante de alegría y amor.
Pero la siento cansada, la noto diferente y aunque el tiempo que me ha regalado me convence de que me ama, espero que no se percate de que en mi ausencia su vida seria inclusive mejor, pues en mi caso no pasaría lo mismo.
Es ese miedo a perder esas sonrisas, esa magia, ese tiempo detenido entre los momentos lo que me tiene hoy varado y recordando que fue lo que nos mantuvo unidos tanto tiempo para no dejar ir aquello que a veces es lo único que me hace sonreír en todo un día.
Con miedo y angustia me levanto una vez más para buscar entre mi existencia la manera de que ella encuentre en mis defectos la felicidad que mi alma dispone darle y ser ese príncipe azul que solo desea darle lo mejor de su vida y así llegar a compartirla con ella porque para este detestable corazón aún no hay final. Todo está por suceder, lo mejor por comenzar.

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